Como quien no quiere la cosa, el fantasma del poema me despertó de la siesta, me arrancó los ojos y las manos y se puso a escribir esto en la mesa de trabajo mientras que yo esperaba, ciego y manco pero en guardia, en pie desde el colchón, volver a conciliar el sueño como ahora, ya tranquilo y de cuerpo entero, con los cuatro angelitos que me guardan la cama.