martes 20 de diciembre de 2011

CONFESIÓN

Ya que esta noche estoy muy generoso,
haré confesionario del lenguaje,
sólo por complacer a las personas
deseosas de oír intimidades.

Que somos cada cual un personaje
de verdad a la vez que de mentira
lo sé desde hace tiempo. Sin embargo,
toda mi confesión es genuina.

En mi vida anterior pegué a tres hombres:
en esta, sin comerlo ni beberlo,
una noche tres hombres me pegaron
tantas veces que casi ni lo cuento.

Siendo niño, en los ojos de mi madre
vi el reflejo de cuanto ella miraba.
Entonces descubrí, sin acusar,
que el paisaje jugaba haciendo trampa.

Callejón sin salida era el dolor
cuando a ciegas creía mi papel.
Un día vi que yo era más que yo.
Aquel dolor, con todo, se hizo fe.

Mi nariz fue marcándome el camino
y, mezclando los Vedas con Heráclito,
me puso a practicar filosofías
que a no pocas lumbreras molestaron.

Me enamoré de cuatro mil mujeres
-por decir una cifra aproximada-
pero no digo cuántas (ni lo digo
ni lo sé) no me dieron calabazas.

Tantas mañanas me embriagué de luz
que en mi resaca, puro bienestar,
siempre la luz conservo ilesa, siempre,
hasta en la más completa oscuridad.

Hice al abismo cientos de preguntas,
tantas como el abismo me hizo a mí.
Deduje que esas eran las respuestas
y así a todas las dudas puse fin.

Si me piden proféticas palabras
auguro horripilantes destrucciones,
pero no me preocupa, porque sé
que todo, pese al mal, seguirá en orden.